• Ese ha de ser el gimmick de las guaguas

9 05 2008

Ayer decidí que quería ser una porowrican tuwrist. No me levanté tan temprano como había planificado, pero así mismo como desperté, me bañé, desayuné, me vestí, me puse las gafas y partí a pie.

Caminé hasta la parada más cercana a mi casa. Ayer había descubierto que ir a pie, contrario al sentir común, no es tan tedioso como uno imagina. Me senté un rato mientras esperaba la AMA y, tal como me había prometido, saqué la novela que me estoy leyendo. Mientras estuve allí esperando, empecé a arrepentirme un poco de la idea. Hacía un calor inmenso y yo llevaba puesto dos tops y dos bottoms. Estar en uno de esos días del mes donde existir se hace sumamente incómodo tampoco estaba ayudando, pero a lo poco se me olvidó cuando un individuo se sentó a mi lado. Era el “viejo cabrón” vecino de mi ex. Él no sabía quién yo era a pesar de haberme visto cientos de veces por su casa. Ya no se acordaría de mí con el pelo oscuro, corte medio extraño y las gafas puestas.

- ¿No ha pasado la guagua? – me dijo mientras trataba de sentarse con dificultad. Yo lo miré, pero antes de que pudiera contestar, se rió y me dijo “Claro que no ha pasado. Sino, tu no estuvieras aquí esperando todavía, ¿verdad?”. Se hechó a reir.

- ¿Gustas? – me dijo mientras abría el dulce de repostería que acababa de comprar en la panadería de alfrente.

- No, gracias. Buen provecho. – le sonreí sin los ojos que aún seguían leyendo

- Gracias. Gracias por no gustar. Así me lo como yo completo. – Se hecho a reír de nuevo y yo con él. Pensé que era mejor así, que no me reconociera. Me gustó la simpatía que nunca dio incidios de existir durante esos tres años en que lo conocí de lejos através de sus gritos, refunfuñeos, disputas interminables con los vecinos y todas las quejas y cuentos que me hacía mi ex y su familia, todos creíbles y muy bien fundamentados en la odiosa personalidad de un corpulento y viejo veterano de guerra pro-americano, pro-estadista y jodido con múltiples condiciones médicas totalmente opacadas por su voraz personalidad. Por un momento pensé hacerle preguntas y darle conversación en algo que imaginé que iría como “¿Usted vive cerca? Ah, ¿vive alli? Nice,… Nunca he entrado a esos apartamentos. ¿Es una comunidad chévere? ¿Tiene buenos vecinos? ¿En serio?? ¿Cómo así?”. Muy tentador, pero no lo hice, no sé por qué. Tal vez porque ahora parecía un Santa Claus sentado al lado mío, riendo y ofreciéndome dulces,… tan Santa Claus como los comerciales de Coca Cola, con una Diet Coke en la mano y todo.

Se necesitaron tres guaguas y dos horas y media para llegar a mi destino, pero no me pesó. Siempre (y digo siempre) encuentro algo particular que me llama la atención y me provoca romper a hacer narrativas mentales que pretendo grabar en mi cerebro, aveces inútilmente.

Esta vez fue el personaje de la abuela. Siempre hay una abuela. Fue la primera en subir en una de las paradas de Santurce. Lo hacía un paso a la vez mientras saludaba al chofer y le daba las gracias, mi’jo, por llegar rápido. Era pequeña, menuda, pelo blanco y jabao, con ropas de nylon color crema que en ella parecían doradas. Cargaba con unas pocas bolsas de algunas decoraciones que compró en el pueblo. Cuando se sentó alfrende mío, no dejé de observar su pelo recogido en una bola envuelta por una mayita dorada con borde de flores. Olía a uno de esas fragancias baratas que uno llama “perfume de vieja”, pero yo les digo “olor a abuela” porque a mi me gusta inhalar profundo cuando los percibo. La felicidad que de momento sentí por mis narices se me escapó por la esquina del labio en un leve estirón.

Dejé de prestar atención para fijarme en otros detalles del camino, en los lugares, los atajos, las forma en que las calles que yo conocía se conectaban de formas que yo no conocía, o de esos sectores que tanto hablan y yo ni cuenta. Para mi fortuna, caímos en una calle de cuya existencia no me había percatado hasta hace algunas semanas. Entre el mar de graffitis que parecía tener y el paso prohibido a carros privados, me había causado una curiosidad enorme que no había podido satisfacer hasta ahora. Si hubiese tenido la potestad suficiente, le hubiese ordenado al chofer que se detuviera y me esperara a lo que le tomaba fotos a las paredes que más me gustaban. Pero así no es que funciona el mundo público.

- Nos vemos, mi’jo, que tenga buenas tardes.
- Igual usté, señora. Cuide sus pasos. – le dijo uno de los pasajeros a la abuela con quién mantuvo conversación mientras yo perdía los ojos en paredes jodidas con muchos colores.
- Amén. Cuide usté los suyos.

“Cuide sus pasos”. Me encantó.

Me bajé irremediablemente en Covadonga. Ya eran las tres de la tarde. El día se sentía como si no tuviese mucho tiempo, pero yo sentía lo contrario; tan cheesy como suene, me sentí libre y con ganas de lo minuscioso. Así, caminé por los muelles y encontré una tiendita media escondía llamada “Café Cola’o”. Yo, que soy una fleje cafeinómada declarada, entre por voluntad ajena y persuación obligada por la onda seductora aromática. Salí de allí feliz, con la taza de café más perfecta que he recibido en mucho tiempo: caliente sin pelar, color con cuerpo, consistencia cremosa justo en donde se une la parte líquida con la parte espumosa, y un diseñito de lo más cute en el tope.

Luego de caminar un poco, ver algunas tiendas que nunca había visto y coger más brochures turísticos que cualquier genuino extranjero, llegó mi hermano a hacerme compañía en lo que llegaba la hora del juego. Lo de los brochures sonará ridículo, pero a veces uno asume que uno vive aquí y anda sin enterarse de cosas chéveres que también se pueden encontrar. Como los jueves de mojitos a $3.50 en el Burén. Hacia allá fuimos encontrándonos con el Monseñor Roberto González. No reaccioné rápido (en realidad, no me atreví), pero hubiese estado cool habernos tomado una foto con él para regalarsela a papi y que sientiera que sus hijos no están tan adentrados por los caminos de la perdición… ;)

Subimos, bajamos, pasamos y volvimos para comer algo en La Mallorca antes de irnos. Aquel era el primer cubano que comía con sabor a clavos de pimienta y piña. Y para Sebastián, aquel era el peor pollo frito que había comido en su vida. Fue nuestra primera vez, pero no será la última: al menos yo prometo volver algún día y probar el Mallorca Burguer con carne hecha en la casa. No suena tan bien en mi cabeza, pero siento las ganas de tratarlo.

Entonces llegamos al Mets Pavillion. Era el primer juego de baloncesto que veía en muchísimos años, incluyendo aquellos en que Seba jugaba en Borinquen Gardens. Ya las reglas se me habían olvidado, pero no el entusiasmo irreprimible y el estrés emocionante. Quise mucho jugar baloncesto de nuevo. Aunque nunca pertenecí a una liga, la otra mitad de mi infancia la crecí con una porción considerable de varones que me enseñaron a jugar street hockey, baseball, handball, baloncesto, Nintendo64, PlayStation y a tirar gargajos mejor de lo que lo podía hacer la niña promedio. Pero precisamente, como la niña que al fin soy, salí del juego con un nuevo amor platónico: Ricardo Dalmau.

Si, googlié su nombre. La poca información que encontré lo convirtió en el próximo Mr. Dreamy. Estaba ready para suspirar con su nombre y docenas de pósters en el techo sobre mi cama hasta que una persona cercana a mí quien una vez lo conoció me dijo que está casado con hijos. Se me rayó el disco. Ya no lo quiero. Oh, but so gorgeous,…! Una razón más para volver a ver otro juego de basket contra los Cangrejeros. :)

Hoy también descubrí que hay una guagua que va hasta Piñones. Si alguien está dispuesto a reservar $2.25 para transporte público con par de pesos adicionales para pastelillos de jueyes, Medallas y muchas energías, be my guest. Esa es la próxima que me voy a zumbar.





• Una de cal y otra de arena: culturas

28 04 2008

Cuando partí a España hace tres años, había una cosa particular para la cual había quedado sobreadvertida: el carácter madrileño. Y cuando digo carácter, lo digo con toda la fuerza de sílaba tónica que carga la palabra. Hablo del “joder”, del “puesh obviooo”, de su hablar raspa’o, de que todo les “vale verga” y que, por ellos, “que les follen” y si no te gusta, pues vete “a tomar por culo”.

Muchos puertorriqueños que se van a residir a Madrid se impresionan con ello dado a la diametralidad cultural entre esa ciudad y nuestro país tan caracterizado por el “ay, bendito”, los diminutivos y el cariñito tropical. Algunos terminan aceptándolo y bregando con ello. Otros (como en mi caso) pueden entender de dónde viene la actitud y no lo toman personal. Y otros pocos nunca consiguen lidiar con ello, añorando el día en que puedan regresar a su patria y no volver a esos lares tan hostiles y fríos.

Luego de leer “La Chica del Libro” en El Blog de Randy, me di cuenta que una de las áreas donde más clara queda plasmada esa diametralidad es en uno de los espacios más simples y comunes dentro de (cualquier) sociedad: dentro de un vagón de transporte público. De hecho, recuerdo que, estando en la Universidad Complutense, tomé una clase de fotografía informática (o fotoperiodismo, en términos propios) y una de las tareas era realizar un fotoensayo sobre un tema en particular. Rápidamente pensé en la “Cultura del Metro” pues es el primer lugar (sino, el más común) en el que un extranjero tropieza y aprende a la mala sobre la que hay con la cultura madrileña. Además, es un lugar en el cual se desatan unas dinámicas particulares de ese espacio. Ya no las recuerdo todas, pero he aquí algunas de ellas:

  • En cualquier escalera se hacen dos filas: la derecha es para personas que van con calma, la izquierda es para los que tienen prisa. Y son muchos los que van con prisa, así que “la madre tuya” si se te ocurre ir con calma por la izquierda.
  • Nadie mira a nadie, mucho menos se sonríen. Todos andan con un libro, un iPod, una consola portátil de videojuegos, un periódico o con los ojos perdidos o dormidos, pero TODOS andan ensimismados en su propio mundo ya sea esperando en un andén o esperando dentro del tren a la próxima parada.
  • Siempre hay algún artista ambulante en algún pasillo o esquina de cada estación, y algunos de ellos se meten a los vagones a “performear”. Pocos le prestan atención (a excepción de los extranjeros turistas y los boricuas siempre fascinados), pero siempre alguien les tira con algunos euros, los cuales ellos aceptan por merecidos.
  • Para poder sobrevivir, hay que luchar, empujar y correr por un asiento. La gente no espera por nadie ni el chofer tampoco y, el que no lucha, se queda esperando al próximo metro, la próxima parada, o el próximo asiento.

Sé que el análogo del Metro lo es el Tren Urbano, pero confieso que solo lo he usado una vez en mi vida, no así las guaguas de la AMA o las “Pisicorre”. Aún así, no creo que haya tanta diferencia entre las dinámicas que se dan entre uno y otro transporte, algunas de éstas siendo:

  • Se sale y se entra por cualquier puerta o por donde el chofer te de permiso,… pero realmente no hay orden después que todos quepamos y todos breguemos.
  • Siempre están los libros, periódicos, iPods y consolas de video juego para tratar de ensimismarte, pero cualquier intento por lograrlo con éxito será en vano porque siempre habrá alguien a tu lado que se empeñará en preguntarte si la A-3 ya pasó, que qué mucho se tarda, lo malo que está el país, los buenos especiales de Pitusa y la wallet con fotos de los hijos, los nietos, sobrinos y ahijados. Te jodiste, va pa’ largo.
  • No hay artistas ambulantes, pero los personajes pintorescos, boricuas bestiales, tecatos bragau’s y choferes que se las saben todas siempre están presentes. No falta alguien que te pida que le tires con algún menudo para la guagua, y si se trata de un tecato, posiblemente se queje del poco dinero que le diste y te salga con un “Diablo, ¿eso na’ más, ma’i? ¿No tienes un pesito por ahí?”. Igual, los que suelen coger la misma ruta a diario terminan reconociéndose entre ellos, a veces hablando como si se conociesen desde hace tiempo.
  • La prisa nunca abunda. Todo depende del mood del chofer, el cual casi siempre tiende a tener actitud chillin’ de “todo me roza a velocidad pastosa”. Eso es todo. Quedas a merced de ello y brega con eso si quieres. La vida es una, así que chilea, pa’i.

De momento parece aparente de que nuestra cultura es mejor. Lo es a nivel de pertenencia. Pero hay unas cosas que entendí acerca de ambas culturas.

Evidentemente, los puertorriqueños somos cálidos, alegres, burullosos, parceleros, unidos y alborotados. Algo en nuestro clima (¿el aire tropical? ¿la costa? ¿el perímetro tan estrecho?) nos hace ser apegados a nivel familiar, laboral, comunal, social, etc. Y así de unidos como somos, así de bochincheros y meti’os también somos. Mientras gran parte de tu reputación es auto-construida, una porción de ella queda a merced de lo que a cualquier persona le dé la gana de decir de tí basado en asumpciones, rumores, intromisiones y/o mucho “pique”¹. De manera que solo hay dos formas de sobrellevar este mal social: estar consciente de ello y evitar ponerse en situaciones que puedan ser malinterpretadas, o estar conciente de ello y restarle importancia a lo que cualquiera pueda decir de uno. Pero siempre estar conciente de ello no importa qué.

Esto, sin embargo, no es algo por lo cual uno se tenga que preocupar mucho en Madrid. Allí, igual que son fríos, serios y ensimismados en su propia prisa, parecen no dedicar mucho tiempo a fijarse en tu forma de vestir, de hablar, de actuar, o fijarse de que estás ahí del todo. Y mientras el calor boricua hace falta, nada como poder presenciar la gran variedad de personas y estilos donde todos son libres de vivir su vida de la manera que les haga felices sin que otros traten de imponer su opinión al respecto. El sentido de libertad, variedad e individualismo es “priceless”, no como en Puerto Rico donde, cuando algo se pega, TODO EL MUNDO lo usa (hablemos de Crocs, de las correas súper anchas en el torso, las tenis puma, los recortes de pelo, las polos Lacoste, las pulseras LiveStrong, los BlueTooth, los teléfonos RAZRs, etc.). No les miento cuando les digo que, cuando llegué a Puerto Rico y me metí por primera vez en Plaza Las Américas, la mayoría de la gente me pareció poco diferenciable entre ellos mismos. Y todos con Crocs².

¿A qué voy? No pretendo proponer que Puerto Rico realice cambios de conductas (aunque no estaría mal) pues sigo pensando que nuestro comportamiento tiene que estar atado a nuestro clima de alguna forma u otra; hay cosas que no se pueden cambiar. Tampoco pretendo empezar un discurso individualista pues, después de tres años, yo también puedo pecar de poca diferenciabilidad (aunque, honestamente, me parece que tiro más a lo diferenciable de una forma un poco incomprensible, tal vez). Sí pretendo lo que es obvio: una comparación directa de dos países totalmente diferentes con sus pos y contras de los cuales el otro podría aprender.

Claro, en un mundo ideal uno inventaría un nuevo país copiando las mejores cualidades de cada nación en este mundo. Es una utopía. Como cualquiera. Imposible. Pero si podemos al menos conocer y entender otras cualidades y diferencias culturales, entonces habremos crecido un poco más como sociedad

¹Exagerar un poco para hacer que algo sea más interesante.
²Nada en contra de las Crocs. Solo que me parece el ejemplo actual más contundente y visible sobre como los puertorriqueños tratan la moda. Fuera de su gran comodidad, practicabilidad y popularidad, no es un zapato muy atractivo, you know?