Fue un 24 de Diciembre, 1990.
Eran las ocho de la noche. Mi mamá nos acostó a dormir y, antes de apagar la luz, nos dijo: “Duérmanse rapidito que mañana viene Santa”. Yo, que estaba que no cabía en mí, le dije: “Mami: mañana voy a parir”.
Amaneció. Me asomé por la puerta de mi cuarto con prisa calculada. Vi el árbol luminoso que quedaba justo enmarcado por los bordes de la boca del pasillo concentrando cualquier vista hacia el objetivo perfecto… allí. Afiné mi vista y encontré la forma cubícular específica entre todas las cubiculares: “Ese. Ese eres tú”.
Arranqué mi paso a toda velocidad: los quince pasos más largos del mundo que habían desde mi punto hasta el punto de ataque. “Charriots of Fire” sonaba en el fondo en un himno épico y glorioso donde nada se interpone entre el deseo y lo deseado…
…Uno…
…Dos…
…Tres…
…Cuatro…
Dando el décimo paso, no contuve mi paciencia ante mi ansiedad: flexioné mis rodillas en el salto más potente que he tenido en mi historia. Mi peso se elevaba en el aire como un celaje diminuto y salvaje, mi pillama rosita de “Pillow People” fluía con el impulso, mis cabellos dorados y finitos ondeaban con la brisa fingida de una sala clausurada, mis ojos chinitos de morra no perdían de vista a aquella caja envuelta en papel rojo. Quedé suspendida en el aire, y en los tres segundos más eternos que me tomó pisar de nuevo el suelo (no cualquier suelo, sino suelo impregnado de regalos), no paraba de pensar “NENE O NENA, NENE O NENA, NENE O NENA” sin realizar que los rayos del sol mañanero navideño que se colaban por la ventana eran mi luz de luna llena. A medida que la gravedad me traía de vuelta a mi punto de contacto con el resto del Universo, preparé mis rodillas para aquel desapercibido impacto entre piso y hueso, amortiguado por carne tierna de una delicada (y ahora animal) niña de 7 años…
¡QUÉ IMPORTA…! Mis uñitas pasaron a garras sádicas, mis ojos emperica’os y hambrientos combinados con risa de villana sicópata: una hiena regocijándose sobre su presa desgarrando el papel, volándolo en cantos, partiéndose las cutículas sangrientas y comiéndose el cartón con el plástico sin contener la voracidad de llegar a sus adentros… Ha-ha,… ¡Ha, ha, ha,…! ¡HA, HA, HA – HAHAHA! ¡¡HAHAHAHA!!!! ¡SÍ! ¡¡SÍÍÍ!!! ¡ESO ERA! ¡POR FIN!…
…POR FIN,…
…HA LLEGADO EL DÍA…
…DE SER…
…LA MADRE DE UNA…
¡¡¡MAGIC NURSERY BABY!!!
P.S. – Mi Magic Nursery Baby resultó ser una niña rubia con dos moñitos y un jumper suit color baby-blue con florecitas rositas. Fui la niña y madre ficticia más feliz del mundo.
P.S.S. – Pensé importante hacer la salvedad luego de haber confesado mis breves momentos vividos como un pequeño monstruo feroz.




