• Ese ha de ser el gimmick de las guaguas

Ayer decidí que quería ser una porowrican tuwrist. No me levanté tan temprano como había planificado, pero así mismo como desperté, me bañé, desayuné, me vestí, me puse las gafas y partí a pie.

Caminé hasta la parada más cercana a mi casa. Ayer había descubierto que ir a pie, contrario al sentir común, no es tan tedioso como uno imagina. Me senté un rato mientras esperaba la AMA y, tal como me había prometido, saqué la novela que me estoy leyendo. Mientras estuve allí esperando, empecé a arrepentirme un poco de la idea. Hacía un calor inmenso y yo llevaba puesto dos tops y dos bottoms. Estar en uno de esos días del mes donde existir se hace sumamente incómodo tampoco estaba ayudando, pero a lo poco se me olvidó cuando un individuo se sentó a mi lado. Era el “viejo cabrón” vecino de mi ex. Él no sabía quién yo era a pesar de haberme visto cientos de veces por su casa. Ya no se acordaría de mí con el pelo oscuro, corte medio extraño y las gafas puestas.

– ¿No ha pasado la guagua? – me dijo mientras trataba de sentarse con dificultad. Yo lo miré, pero antes de que pudiera contestar, se rió y me dijo “Claro que no ha pasado. Sino, tu no estuvieras aquí esperando todavía, ¿verdad?”. Se hechó a reir.

– ¿Gustas? – me dijo mientras abría el dulce de repostería que acababa de comprar en la panadería de alfrente.

– No, gracias. Buen provecho. – le sonreí sin los ojos que aún seguían leyendo

– Gracias. Gracias por no gustar. Así me lo como yo completo. – Se hecho a reír de nuevo y yo con él. Pensé que era mejor así, que no me reconociera. Me gustó la simpatía que nunca dio incidios de existir durante esos tres años en que lo conocí de lejos através de sus gritos, refunfuñeos, disputas interminables con los vecinos y todas las quejas y cuentos que me hacía mi ex y su familia, todos creíbles y muy bien fundamentados en la odiosa personalidad de un corpulento y viejo veterano de guerra pro-americano, pro-estadista y jodido con múltiples condiciones médicas totalmente opacadas por su voraz personalidad. Por un momento pensé hacerle preguntas y darle conversación en algo que imaginé que iría como “¿Usted vive cerca? Ah, ¿vive alli? Nice,… Nunca he entrado a esos apartamentos. ¿Es una comunidad chévere? ¿Tiene buenos vecinos? ¿En serio?? ¿Cómo así?”. Muy tentador, pero no lo hice, no sé por qué. Tal vez porque ahora parecía un Santa Claus sentado al lado mío, riendo y ofreciéndome dulces,… tan Santa Claus como los comerciales de Coca Cola, con una Diet Coke en la mano y todo.

Se necesitaron tres guaguas y dos horas y media para llegar a mi destino, pero no me pesó. Siempre (y digo siempre) encuentro algo particular que me llama la atención y me provoca romper a hacer narrativas mentales que pretendo grabar en mi cerebro, aveces inútilmente.

Esta vez fue el personaje de la abuela. Siempre hay una abuela. Fue la primera en subir en una de las paradas de Santurce. Lo hacía un paso a la vez mientras saludaba al chofer y le daba las gracias, mi’jo, por llegar rápido. Era pequeña, menuda, pelo blanco y jabao, con ropas de nylon color crema que en ella parecían doradas. Cargaba con unas pocas bolsas de algunas decoraciones que compró en el pueblo. Cuando se sentó alfrende mío, no dejé de observar su pelo recogido en una bola envuelta por una mayita dorada con borde de flores. Olía a uno de esas fragancias baratas que uno llama “perfume de vieja”, pero yo les digo “olor a abuela” porque a mi me gusta inhalar profundo cuando los percibo. La felicidad que de momento sentí por mis narices se me escapó por la esquina del labio en un leve estirón.

Dejé de prestar atención para fijarme en otros detalles del camino, en los lugares, los atajos, las forma en que las calles que yo conocía se conectaban de formas que yo no conocía, o de esos sectores que tanto hablan y yo ni cuenta. Para mi fortuna, caímos en una calle de cuya existencia no me había percatado hasta hace algunas semanas. Entre el mar de graffitis que parecía tener y el paso prohibido a carros privados, me había causado una curiosidad enorme que no había podido satisfacer hasta ahora. Si hubiese tenido la potestad suficiente, le hubiese ordenado al chofer que se detuviera y me esperara a lo que le tomaba fotos a las paredes que más me gustaban. Pero así no es que funciona el mundo público.

– Nos vemos, mi’jo, que tenga buenas tardes.
– Igual usté, señora. Cuide sus pasos. – le dijo uno de los pasajeros a la abuela con quién mantuvo conversación mientras yo perdía los ojos en paredes jodidas con muchos colores.
– Amén. Cuide usté los suyos.

“Cuide sus pasos”. Me encantó.

Me bajé irremediablemente en Covadonga. Ya eran las tres de la tarde. El día se sentía como si no tuviese mucho tiempo, pero yo sentía lo contrario; tan cheesy como suene, me sentí libre y con ganas de lo minuscioso. Así, caminé por los muelles y encontré una tiendita media escondía llamada “Café Cola’o”. Yo, que soy una fleje cafeinómada declarada, entre por voluntad ajena y persuación obligada por la onda seductora aromática. Salí de allí feliz, con la taza de café más perfecta que he recibido en mucho tiempo: caliente sin pelar, color con cuerpo, consistencia cremosa justo en donde se une la parte líquida con la parte espumosa, y un diseñito de lo más cute en el tope.

Luego de caminar un poco, ver algunas tiendas que nunca había visto y coger más brochures turísticos que cualquier genuino extranjero, llegó mi hermano a hacerme compañía en lo que llegaba la hora del juego. Lo de los brochures sonará ridículo, pero a veces uno asume que uno vive aquí y anda sin enterarse de cosas chéveres que también se pueden encontrar. Como los jueves de mojitos a $3.50 en el Burén. Hacia allá fuimos encontrándonos con el Monseñor Roberto González. No reaccioné rápido (en realidad, no me atreví), pero hubiese estado cool habernos tomado una foto con él para regalarsela a papi y que sientiera que sus hijos no están tan adentrados por los caminos de la perdición… ;)

Subimos, bajamos, pasamos y volvimos para comer algo en La Mallorca antes de irnos. Aquel era el primer cubano que comía con sabor a clavos de pimienta y piña. Y para Sebastián, aquel era el peor pollo frito que había comido en su vida. Fue nuestra primera vez, pero no será la última: al menos yo prometo volver algún día y probar el Mallorca Burguer con carne hecha en la casa. No suena tan bien en mi cabeza, pero siento las ganas de tratarlo.

Entonces llegamos al Mets Pavillion. Era el primer juego de baloncesto que veía en muchísimos años, incluyendo aquellos en que Seba jugaba en Borinquen Gardens. Ya las reglas se me habían olvidado, pero no el entusiasmo irreprimible y el estrés emocionante. Quise mucho jugar baloncesto de nuevo. Aunque nunca pertenecí a una liga, la otra mitad de mi infancia la crecí con una porción considerable de varones que me enseñaron a jugar street hockey, baseball, handball, baloncesto, Nintendo64, PlayStation y a tirar gargajos mejor de lo que lo podía hacer la niña promedio. Pero precisamente, como la niña que al fin soy, salí del juego con un nuevo amor platónico: Ricardo Dalmau.

Si, googlié su nombre. La poca información que encontré lo convirtió en el próximo Mr. Dreamy. Estaba ready para suspirar con su nombre y docenas de pósters en el techo sobre mi cama hasta que una persona cercana a mí quien una vez lo conoció me dijo que está casado con hijos. Se me rayó el disco. Ya no lo quiero. Oh, but so gorgeous,…! Una razón más para volver a ver otro juego de basket contra los Cangrejeros. :)

Hoy también descubrí que hay una guagua que va hasta Piñones. Si alguien está dispuesto a reservar $2.25 para transporte público con par de pesos adicionales para pastelillos de jueyes, Medallas y muchas energías, be my guest. Esa es la próxima que me voy a zumbar.

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Publicado el mayo 9, 2008 en Mood, Personal, Vida y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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