Día 12

Me puse de acuerdo con Otlahui. Pocas veces jangueamos, pero de alguna forma nos las arreglamos para darnos un café cada vez y contarnos lo último que ha pasado en nuestras vidas. Ayer, Día 11, fue uno de esos días y entre el tapón sin sentido y los guardias ineptos en la calle, llegamos a Starbucks. Hablamos por horas y, tanto así, ya era evidente que Otlahui no iría a clases. Entre un comentario de cervezas le dije: “¿Quieres ir al Vidy’s a darnos una Schaefer?”, y así nos fuimos.

No hice más que llegar al sitio y mientras Otlahui resistía su vicio por Photohunt, yo resistía el mío de ya-ustedes-saben-bien.

– Pero,… ¿cómo es eso? ¿Realmente es tan difícil?
– Sí, loco,…
– Es que no lo entiendo. No puedo imaginar cómo puede ser tan difícil resistir una cosa que sabe mal,…
– Bueno,… sabe mal, sí. Pero once you get the hang out of it, you love it. You need it. Y en estas circunstancias en que estamos ahora mismo tú y yo, I’m craving it…

Pero resistí.

Entre una cosa y otra, nos acordamos de los tinto de veranos y nos pompeamos a ir al Jazz Club a ver si nos conseguíamos una jarra, pero luego cambiamos de opinión. Terminamos en el Boricua y no pasaron ni cinco minutos en que Tito y Pedro se aparecieron por casualidad acompañados de unas amigas españolas. Una vez emocionamos la dicha de la casualidad, nos sentamos a hablar y las chicas colocaron en la mesa una bolsita llena de nostalgia súper familiar: un empaque de tabaco para liar.

Wow, Dios,… qué memorias. Me remonté en un instante a ese lugar donde empezó todo: Madrid. Aquí fue, en el 2005, donde oficialmente me volví una fumadora. Una fumadora hardcore. Allí, en Puerta del Sol, sólo tenía que bajar unos escalones hasta el Museo del Jamón donde el mesero siempre me saludaba con un “Holaaa” como si me fuera a atender, a pesar de que a lo único que yo iba allí era para depositar €3.20 euros y comprar una cajetilla de Malboro Lights. Supongo que luego de 5 meses él ya se lo había imaginado, pero aún así, el “Holaaa” nunca faltó.

tabaco-liarMadrid estaba cabrón. Creo que el único lugar en donde no se permitía fumar era en los metros, y eso que en algún momento dado de la historia era permitido. Allí se fumaba virtualmente en todos lados: en los baños, en los fast-foods, en los centros comerciales, en los bancos,… la “teller” del banco te atendía con un cigarrillo en la mano, en McDonalds o en KFC habían ceniceros desechables de aluminio en cada mesa, en los restaurantes y panaderias, librerías, pasillos dentro de la universidad… no había rollo. Fumar acá era sencillamente un estilo de vida. Ni siquera recuerdo haber visto mujeres embarazadas,… Probablemente se mantenían en cuarentena hasta que dieran a luz.

Así fue como me inventé mil excusas para darme un cigarrillo: uno cuando despierto, uno cuando acabo de comer, uno cuando me doy un café, uno cuando me leo un libro, uno para subir la Fernandez de los Ríos, uno para bajar la Fernandez de los Ríos, uno a lo que llego a la Universidad, uno porque estoy en la cafetería y esta nube gris en el techo me incita, uno porque me estoy dando una cañita, uno porque estoy bajo la sombra de esta linda sombrilla, uno para acompañar esta copa de vino tan sola, uno en lo que llega el bus, uno porque estoy de viaje, uno porque tengo frio, uno porque estoy en la playa con el pecho al aire y me siento libre, uno porque esta grama en mi espalda se siente rica, uno en lo que espero a que llegue fulano, uno porque estoy encojoná, uno para celebrar, uno a lo que nos traen la comida, uno para esta luz tan ténue, y veinte porque estoy de party.

Recuerdo que las cajetillas se iban volando, y no necesariamente por mi culpa. Los boricuas son buenos joseadores y siempre terminaba regalando la mitad de mis Malboro Lights, los cigarrillos más caros y más fumados para aquel entonces. Decidí empezar a comprar los L&M, y ya la historia era diferente hasta que descubrí cómo, en vez de gastar €2.70 euros tres veces a la semana en cigarrillos, podía gastar unos €10 euros al mes en una bolsita de tabaco, un paquetito de filtros y un estuche con papeles para liar y hacerme mis propios cigarrillos de tabaco… justo como el que ahora estaba alfrente mío.

– Podeis liarte uno si gustas, en confianza – me dijo la chica española.
– ¿En serio? ¡Wow, gracias! Le tengo una nostalgia bien grande a este tabaco – sin pensarlo, empecé a enrolarme un pequeño cigarrillo justo como en los viejos tiempos, hace casi 4 años atrás, como me enseño Arturo y como yo misma luego dominé.

– Ella supuestamente está dejando de fumar y mírala,… se está fumando eso con un placer cabrón, ¡jajajaja! – Claro que sí. Aquel sabor suave, bien diferente al cigarrillo, junto la Medalla, se sentía ya en mis manos, de nuevo, con el humo contrastando con la luz ambar del poste riopiedrense. Yes.

Hacía tiempo no tenía una noche así. No sólo pude disfrutarme dos cigarrillos de tabaco liado con mis propias manos y una lágrima de contentura por las memorias, sino que después de la dicha de la casualidad con Tito y Pedro, luego se apareció Carmen. Luego se apareció Omayra. Luego se apareció Pipo. Luego se apareció Karen. Luego se apareció Bayo. Luego se apareció Vivian con Omar. Luego se apareció Jorge. Luego se apareció Jaime. Y yo, con cada vez, brincaba un poco más de la emoción,… y eso que me iba a tomar un café con Otlahui y ya.

También me di como 4 cigarrillos, pero quiero que sepan que la pasé tan y tan cabrón que, en verdad, what-e-ver.

Anuncios

Publicado el marzo 12, 2009 en Publicado en Zero Garets. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: