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• Pichaera Puertorriqueña

El wikén pasado tuve el placer de conocer a tres extranjeros en mi estadía junto a mis amigos en Culebra. Con nosotros andaba un amigo mexicano quien lleva varios meses residiendo en la isla a diferencia de nuestros nuevos panas de wikén. Hablar sobre Puerto Rico fue casi inevitable. El intento de comprender la puertorriqueñidad destacaba sobre cualquier otro tema, and let me tell ya: ver mi puertorriqueñidad a través de los ojos de un extranjero es otra cosa. Creo que aprendí más de mi cultura con estos cuatro individuos que con todos los años de educación que he tenido.

El aspecto que más que resaltó por su incomprensibilidad es la que el mexicano Mauricio* denominó como “pichaera puertorriqueña”. Mauricio lo explica así:

“Los puertorriqueños nunca te van a decir que no. Los vas a ver, vas a compartir con ellos, te van a caer bien porque son bien chulos ellos, se te va a ocurrir que sería una buena idea quedar en janguear otro día, ellos te van a decir que sí, que qué nítido, que vamos a hacerlo y toda la cuestión, y cuando los vas a llamar deciden que no pueden, o que tienen algún otro compromiso que habían olvidado, o sencillamente ni te contestan el teléfono. Entonces te vas a quedar rascándote la cabeza preguntándote ¿pero qué pasó?, si el puertorriqueño en cuestión te había dicho de plano que sí, que vamo’allá y toda la cuestión. Pues. Así es la pichaera puertorriqueña, mi pana.”

Jenaro*, el argentino que lleva dos semanas viviendo en la isla, no podía creerlo. Mientras escuchaba eso, Carmen, Manolo y yo nos meábamos de la risa simplemente porque era todo cierto. “¿¿Pero vos por qué hacés eso??”. Yo ni sabía cómo contestarle. Me acordé de cuánta gente el padre colombiano Ricardo ofendió al rechazar invitaciones que algunos feligreses le hacían para cenar en sus hogares sólo porque a él genuinamente no le apetecía esa tradición de aceptar invitaciones a comer en casas ajenas. Igual me acordé de la también amiga colombiana de Luis que se molestaba con él cuando él decía que iba a llegar a las 7:00pm y llegaba a la hora puertorriqueña, o simplemente se rajaba. De momento me pareció que nuestra conducta era estúpidamente ilógica…

– Pero sabes – intervine – Ok, es cierto: los puertorriqueños pichamos bien cabrón. Pero lo que pasa es que entre nosotros mismos nos entendemos. Lo hacemos, nos encontramos a la gente, diablo men, sí, que chulería, vamos a vernos pronto, te voy a llamar y toda la cuestión,… pero la mayoría de las veces los dos sabemos que nada va a pasar o que pasará más tarde, fluímos y estamos tranquilos con eso. ¡Nos entendemos y pichamos!

El pobre Jenaro tenía cara de atribulado y, aún cofundido, miró al profeta Mauricio sabiendo que él comprendería mucho más de lo que un mismo puertorriqueño sumido en su propia puertorriqueñidad podría entender.

– Pos fíjate, yo creo que se debe a algo que tiene el puertorriqueño de agradar, de ser simpático, de hacerte sentir bien. No lo hacen de mala onda, en serio que no. Tal vez hasta te dicen que sí porque realmente les gustaría. Pero igual sienten que podrían ofenderte si dicen que no, así que prefieren darte un sí un tanto ambiguo de todas formas.

Ahí estaba. Eso era. Esa era LA explicación. Una explicación notada, estudiada, digerida y concluida por un mexicano con algunos meses de residencia en la isla.

– O sea que si ahorita estabamos hablando de ir todos juntos a la playa Tamarindo mañana, y ustedes los boricuas dijeron “Ahh, sí, sí, dale, vamos”, ¿en realidad quisieron decir que ni se van a aparecer por ahí? – dijo el ché Tomás. Tuve ganas de ser sincera y decirle “¡un carajo!”, pero por un momento decidí tener iniciativa a la apertura y (supongo que telepáticamente) dijimos “No, en serio, dale: vamos mañana para allá”.

Y en realidad eso hicimos. Fuimos los boricuas junto a nuestro profeta mexicano a la playa. Los otros tres extranjeros, sin embargo, nunca se aparecieron, todo por un malentendido que descubrimos más tarde cuando nos re-encontramos todos casualmente en el muelle. “Y yo que le había dicho a Jenaro ‘¿lo ves que no vinieron? Es cierto lo que decía el mexicano: pichaera puertorriqueña'”. ¡Pobre Rodrigo*!

¿Pero sabes qué? Pobre nada. El ser humano es un animal de adaptación, y la adaptación no pierde tiempo. Tan así que, esa misma noche, descubrimos el posible nacimiento de un nuevo fenómeno: la pichaera argentina… ¡Lo malo bien que se aprende en seguida!


Fernando, Diego, Juli, Carmen, Yaira and Ahmed like this.

  • Yaira – Me encanta!
  • Naíma – jajajaj !!! :) genial!
  • Diego – jajajaja, difícil adaptarse a eso…
  • Fernando – A mi me costo mucho entenderlo cuando llegue hace 14 anios la verdad
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• Una de cal y otra de arena: culturas

Cuando partí a España hace tres años, había una cosa particular para la cual había quedado sobreadvertida: el carácter madrileño. Y cuando digo carácter, lo digo con toda la fuerza de sílaba tónica que carga la palabra. Hablo del “joder”, del “puesh obviooo”, de su hablar raspa’o, de que todo les “vale verga” y que, por ellos, “que les follen” y si no te gusta, pues vete “a tomar por culo”.

Muchos puertorriqueños que se van a residir a Madrid se impresionan con ello dado a la diametralidad cultural entre esa ciudad y nuestro país tan caracterizado por el “ay, bendito”, los diminutivos y el cariñito tropical. Algunos terminan aceptándolo y bregando con ello. Otros (como en mi caso) pueden entender de dónde viene la actitud y no lo toman personal. Y otros pocos nunca consiguen lidiar con ello, añorando el día en que puedan regresar a su patria y no volver a esos lares tan hostiles y fríos.

Luego de leer “La Chica del Libro” en El Blog de Randy, me di cuenta que una de las áreas donde más clara queda plasmada esa diametralidad es en uno de los espacios más simples y comunes dentro de (cualquier) sociedad: dentro de un vagón de transporte público. De hecho, recuerdo que, estando en la Universidad Complutense, tomé una clase de fotografía informática (o fotoperiodismo, en términos propios) y una de las tareas era realizar un fotoensayo sobre un tema en particular. Rápidamente pensé en la “Cultura del Metro” pues es el primer lugar (sino, el más común) en el que un extranjero tropieza y aprende a la mala sobre la que hay con la cultura madrileña. Además, es un lugar en el cual se desatan unas dinámicas particulares de ese espacio. Ya no las recuerdo todas, pero he aquí algunas de ellas:

  • En cualquier escalera se hacen dos filas: la derecha es para personas que van con calma, la izquierda es para los que tienen prisa. Y son muchos los que van con prisa, así que “la madre tuya” si se te ocurre ir con calma por la izquierda.
  • Nadie mira a nadie, mucho menos se sonríen. Todos andan con un libro, un iPod, una consola portátil de videojuegos, un periódico o con los ojos perdidos o dormidos, pero TODOS andan ensimismados en su propio mundo ya sea esperando en un andén o esperando dentro del tren a la próxima parada.
  • Siempre hay algún artista ambulante en algún pasillo o esquina de cada estación, y algunos de ellos se meten a los vagones a “performear”. Pocos le prestan atención (a excepción de los extranjeros turistas y los boricuas siempre fascinados), pero siempre alguien les tira con algunos euros, los cuales ellos aceptan por merecidos.
  • Para poder sobrevivir, hay que luchar, empujar y correr por un asiento. La gente no espera por nadie ni el chofer tampoco y, el que no lucha, se queda esperando al próximo metro, la próxima parada, o el próximo asiento.

Sé que el análogo del Metro lo es el Tren Urbano, pero confieso que solo lo he usado una vez en mi vida, no así las guaguas de la AMA o las “Pisicorre”. Aún así, no creo que haya tanta diferencia entre las dinámicas que se dan entre uno y otro transporte, algunas de éstas siendo:

  • Se sale y se entra por cualquier puerta o por donde el chofer te de permiso,… pero realmente no hay orden después que todos quepamos y todos breguemos.
  • Siempre están los libros, periódicos, iPods y consolas de video juego para tratar de ensimismarte, pero cualquier intento por lograrlo con éxito será en vano porque siempre habrá alguien a tu lado que se empeñará en preguntarte si la A-3 ya pasó, que qué mucho se tarda, lo malo que está el país, los buenos especiales de Pitusa y la wallet con fotos de los hijos, los nietos, sobrinos y ahijados. Te jodiste, va pa’ largo.
  • No hay artistas ambulantes, pero los personajes pintorescos, boricuas bestiales, tecatos bragau’s y choferes que se las saben todas siempre están presentes. No falta alguien que te pida que le tires con algún menudo para la guagua, y si se trata de un tecato, posiblemente se queje del poco dinero que le diste y te salga con un “Diablo, ¿eso na’ más, ma’i? ¿No tienes un pesito por ahí?”. Igual, los que suelen coger la misma ruta a diario terminan reconociéndose entre ellos, a veces hablando como si se conociesen desde hace tiempo.
  • La prisa nunca abunda. Todo depende del mood del chofer, el cual casi siempre tiende a tener actitud chillin’ de “todo me roza a velocidad pastosa”. Eso es todo. Quedas a merced de ello y brega con eso si quieres. La vida es una, así que chilea, pa’i.

De momento parece aparente de que nuestra cultura es mejor. Lo es a nivel de pertenencia. Pero hay unas cosas que entendí acerca de ambas culturas.

Evidentemente, los puertorriqueños somos cálidos, alegres, burullosos, parceleros, unidos y alborotados. Algo en nuestro clima (¿el aire tropical? ¿la costa? ¿el perímetro tan estrecho?) nos hace ser apegados a nivel familiar, laboral, comunal, social, etc. Y así de unidos como somos, así de bochincheros y meti’os también somos. Mientras gran parte de tu reputación es auto-construida, una porción de ella queda a merced de lo que a cualquier persona le dé la gana de decir de tí basado en asumpciones, rumores, intromisiones y/o mucho “pique”¹. De manera que solo hay dos formas de sobrellevar este mal social: estar consciente de ello y evitar ponerse en situaciones que puedan ser malinterpretadas, o estar conciente de ello y restarle importancia a lo que cualquiera pueda decir de uno. Pero siempre estar conciente de ello no importa qué.

Esto, sin embargo, no es algo por lo cual uno se tenga que preocupar mucho en Madrid. Allí, igual que son fríos, serios y ensimismados en su propia prisa, parecen no dedicar mucho tiempo a fijarse en tu forma de vestir, de hablar, de actuar, o fijarse de que estás ahí del todo. Y mientras el calor boricua hace falta, nada como poder presenciar la gran variedad de personas y estilos donde todos son libres de vivir su vida de la manera que les haga felices sin que otros traten de imponer su opinión al respecto. El sentido de libertad, variedad e individualismo es “priceless”, no como en Puerto Rico donde, cuando algo se pega, TODO EL MUNDO lo usa (hablemos de Crocs, de las correas súper anchas en el torso, las tenis puma, los recortes de pelo, las polos Lacoste, las pulseras LiveStrong, los BlueTooth, los teléfonos RAZRs, etc.). No les miento cuando les digo que, cuando llegué a Puerto Rico y me metí por primera vez en Plaza Las Américas, la mayoría de la gente me pareció poco diferenciable entre ellos mismos. Y todos con Crocs².

¿A qué voy? No pretendo proponer que Puerto Rico realice cambios de conductas (aunque no estaría mal) pues sigo pensando que nuestro comportamiento tiene que estar atado a nuestro clima de alguna forma u otra; hay cosas que no se pueden cambiar. Tampoco pretendo empezar un discurso individualista pues, después de tres años, yo también puedo pecar de poca diferenciabilidad (aunque, honestamente, me parece que tiro más a lo diferenciable de una forma un poco incomprensible, tal vez). Sí pretendo lo que es obvio: una comparación directa de dos países totalmente diferentes con sus pos y contras de los cuales el otro podría aprender.

Claro, en un mundo ideal uno inventaría un nuevo país copiando las mejores cualidades de cada nación en este mundo. Es una utopía. Como cualquiera. Imposible. Pero si podemos al menos conocer y entender otras cualidades y diferencias culturales, entonces habremos crecido un poco más como sociedad

¹Exagerar un poco para hacer que algo sea más interesante.
²Nada en contra de las Crocs. Solo que me parece el ejemplo actual más contundente y visible sobre como los puertorriqueños tratan la moda. Fuera de su gran comodidad, practicabilidad y popularidad, no es un zapato muy atractivo, you know?

• Trilingual

Hay dos padecimientos inconscientes y encojonantes de la lengua española en las que caemos la mayoría de los puertorriqueños. El primero corresponde más al sector que trabaja en cualquier área del servicio al cliente: el abuso del diminutivo. Y cuando hablo de ello me refiero a:

“¡Buenos días, amiguito! Tenemos los mahoncitos en promoción a cinco pesitos de descuento. ¿Qué tipo de camisita estabas buscando? Si quieres, te puedo llevar la ropita al probadorcito para que puedas seguir viendo las cositas con más calmita. ¿Te gustaría solicitar nuestra tarjetita? Pues aquí tiene el recibito y la bolsita con su comprita”.

El otro padecimiento corresponde a un sector más amplio de puertorriqueños para el cual no tengo regla y mucho menos cuando yo también caí presa sin aparente cura: el spanglish enreda’o en el cual we mix palabras en vez de permanecer true to our lengua.

Un amigo mío me cuestionó ese mal síntoma:

“¿De donde sale esta nueva moda de mezclar el inglés con el español en el momento least expected? No tengo nada en contra de la gente que lo usa lightly, pero hay much people que lo usan too much, y puede llegar a molestar tanto como using el diminutivo…”

Les digo a ustedes lo mismo que le dije a él:

“Que te lo explique Sandra…”

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