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• Mejor dicho

El día no fue exactamente como planificamos. Habíamos querido escaparnos fuera del área metro hacia un río en Orocovis, pero había llovido mucho el día anterior así que esa no era. Luego quisimos ir a otro río en Lares, pero también había llovido mucho por allá. Terminamos yendo a Charco Azul en Patillas donde no había llovido… hasta unos minutos después cuando la nube llegó con nosotras.

Entre ese río congelado (para el cual vehemente determiné “Nacarile. No voy a meter ni un centímetro más de mi cuerpo en este hielo” después de 12 pulgadas), unas morcillas, cuero de lechón grasiento chorreando por mis manos, la lluvia y una que otra cerveza guavateña seguida por una dosis necesaria de café de panadería, terminamos dándole una visita a la abuelita de Mayra,… y me pasó algo un tanto extraño en el interín.

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Obviamente, uno al frente de personas mayores trata de comportarse lo mejor posible, lo cual realmente nunca ha sido un problema para mí pues siempre trato de ser respetuosa con todo el mundo. Pero admito que una cosa que a veces me perdono hacer luego de tantear qué tipo de persona está presente, es que se me zafe una mala palabra,… lo cual, realmente, a veces es muy difícil con tanto uso que le doy. Ya sé que hay un corillo que dice que no existen malas palabras y yada-yada-yada; estoy de acuerdo,… pero así como los disparates como “haiga”, “eja” y “dar de cuenta” me sacan de quicio, entiendo el sentimiento e indignación de aquellos que escuchan palabras soeces. Nítido.

Pero en el caso de una dulce señora de 92 años que, con ternura, nos sacó algunos de sus albums de fotos y nos hizo historias de cada una de ellas mientras comíamos galletas con jalea de mangó, se sentía muy mal la idea de que se me zafara la más mínima cafrería popular de mis labios. De momento me preocupé un poco porque, conociéndome, a veces me envuelvo hablando y empiezo a escupitiar por ahí pa’bajo sin discriminación. Sin embargo, debo decir que me sorprendí ante mi habilidad de corregirme un segundo antes de soltar la palabrota más adecuada para entonar el sentimiento de mis argumentos una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez sin fallar. Así que la cosa iba más o menos así:

  • Sí, yo me acuerdo de eso. ¡Eso quedó suuuuuuper… [brutal] …!!
  • Como se vive hoy día, ¿Verdá? Está… [cañón].
  • Te digo, hay una generación que viene por ahí de spoiled little brats que se creen que se lo merecen todo y va a ser una… un [pujilato]… bregar con ellos.
  • Y yo me quedé como que, loco, o sea, cada vez que te doy el break pa’ tener una… [bendita] conversación amistosa, vas así na’ más y la… ¡[fastidias] …! ¡… Bien DURO…!!
  • Ahhh, sí, yo vi eso y dije, ‘Olvídate, mano, ésto se…. [chavó]. Se chavó, men, se chavó…

¡Guaou!: una palmada a mi propia espalda por mi astucia y por ser mi propio rol model de lo que es la educación. Eso es campeona.

Como pueden apreciar, no hay necesidad de por qué decir palabrotas cuando hay toda una gama de vocabulario alternativo. Es ahí donde yace la semilla del reto: en ser una persona decente e integra, no sólo actuándolo, sino también diciéndolo mientras alzamos la mirada hacia un brillante futuro de una generación que sabe expresarse como humanos y hermanos para crear una sociedad donde impera el respeto, la cordialidad, la solidaridad y la confraternidad. Qué nos pasa, Puerto Rico. Que viva la buena palabra. Que viva… El Sinónimo.

(… Nada como un buen “puñeta“, corillo).

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